Muchas de las veces que se habla sobre feminismo, se
hace hincapié en que de lo que se debe hablar es de feminismoS, en plurar, pues
no existe un único feminismo dado que éste debe ajustarse a las necesidades
particulares de cada una de las mujeres en cada una de las sociedades que le ha
tocado vivir.
He de reconocer que en esta pluralidad sólo estoy de
acuerdo a medias. Si bien es cierto que mi feminismo occidental no es el mismo
que un feminismo oriental dado que las circunstancias de las mujeres en contexto
socio-culturales y políticos son diferentes, entiendo que dentro de mis
circunstancias particulares sólo debe haber un único feminismo, que es el que
luche por la igualdad entre los sexos. Pero incluso dentro de mi sociedad
encuentro que existen diferentes posicionamientos en cuanto a diferentes temas
a exponer sobre la mesa del feminismo, uno de ellos es el tan expuesto tema de
la pornografía.
A este respecto existen diferentes posicionamientos
y ya en los años 60/70 pudimos comprobarlo dentro del mundo artístico y su
movimiento feminista. Muchas artistas del momento como Carolee
Schneemann, Judy
Chicago, Yoko Ono, Annie Sprinkle, etc reivindicaban el uso de su propio cuerpo
femenino desnudo, pues esta era una de las principales premisas de este arte
feminista: dado que el cuerpo femenino siempre había sido utilizado dentro del
mundo del arte como un objeto más dentro de las obras artísticas realizadas por
entes masculinos, éstas nos brindaban una visión masculinizada de nuestro
propio cuerpo: como ama de casa, como prostituta, como madre, como objeto
sexual, como cuerpo erotizado, visión vouyeur, visión pornográfica y un largo
etcétera, pero siempre bajo la visión masculina. Nuestro
propio cuerpo desnudo había sido representado en múltiples ocasiones por los
hombres, objetualizándonos de tal manera que nos habíamos convertido en “lo
otro”, en un mueble más dentro del taller del artista, en un objeto con
atributos sexuales reproductivos y un aura mística de la femineidad casi
inquebrantable. Pero existen otras artistas como Mary Kelly que rechazan el uso
del cuerpo femenino en las obras artísticas, considerando que debemos alejarnos
al máximo de esta representación iconográfica de nosotras mismas al ser una
subyugación al mundo patriarcal.

Annie Sprinkle, Post porn modernist show, 1992
Esta visión artística ofrecida por el hombre hacia
la mujer se puede trasladar a diferentes estadios dentro de la sociedad, pues
era el hombre el que hacía uso y disfrute de la sociedad, guardándonos en casa
como preceptoras de su esperma para la procreación, como ama de casa, como
cuerpo satisfactorio, como madre o fuera del hogar familiar, pero, a su vez,
dentro de otro “hogar” como es el prostíbulo, asociándose definitivamente las
acciones pornográficas que conlleva la prostitución a una visión objetualizada
y masculina del cuerpo femenino, considerándose así que la pornografía dentro
de un mundo feminista no tiene cabida y debe ser destruida.
¿Debe ser destruida o debe ser reinterpretada?
Destruyendo la pornografía ¿no estaremos dando la razón a esa sociedad
patriarcal al negar la existencia de algo “creado por ellos”? ¿No es mejor
reinterpretar esa pornografía patriarcal y hacerla nuestra? (nuestra de todos y
no sólo de la mujer).
Se considera la pornografía como algo único de ellos,
de los hombres, donde la mujer es considerada objeto sexual y donde el hombre
se sitúa por encima de ella. Pero queramos verlo o no la mujer también es
partícipe, sólo cuando es esclavizada a la prostitución en contra de su
voluntad es cuando podemos hablar de un crimen sexual en contra del cual
debemos luchar. Pero cuando nos encontramos ante la situación del sexo
consentido por parte de dos adultos, sea lo bizarro que sea este sexo ¿Qué tiene
de malo si es consentido? ¿qué tiene de malo si ambos son partícipes de ello de
una forma consciente y están disfrutando?
Volviendo a la visión artística del asunto, creo que
podremos encontrar un claro ejemplo de lo que se está diciendo aquí.
Por un lado tenemos a Mary Kelly, quien en su visión
del arte feminista entiende que debe hablar de cuestiones femeninas que le
hacen sentir mujer pero sin representar objetualmente el cuerpo de una mujer,
pues sino volvería a caer en la dinámica patriarcal de la representación sexuada
del cuerpo femenino. Ejemplo es de ello su obra Post partum document de 1973, donde relata su experiencia de haber
sido madre en una obra que se acerca más al expresionismo abstracto. Con esta
obra, bajo mi punto de vista, Mary Kelly niega la existencia de algo que es
evidente, que seguirá existiendo en la sociedad de una forma u otra.
Mary Kelly, Post partum document, 1973
Por otro lado tenemos a todas esas artistas que
asimilan la evidencia de la existencia de la pornografía y de la
objetualización del cuerpo femenino, haciéndolo propio e interpretándolo bajo
su punto de vista. No asumen como buena la visión del cuerpo femenino bajo el
punto de vista masculino, por fin la mujer habla de su propio cuerpo sin
vergüenza y aportando su visión como ente en sí que vive la experiencia
poseedora de un cuerpo femenino. No se niega la existencia de la visión
masculina del cuerpo femenino, se convive con ella como visión paralela a la de
recién incorporada visión de la mujer, quien sin pelos en la lengua habla, por
fin, de los temas tabú que rodean al cuerpo femenino: la menstruación, el
aborto, los maltratos, ser ignorada por la sociedad, sentir que sólo vale para
ser ama de casa y objeto sexual del hombre, el embarazo, la experiencia de ser
madre y por qué no, la sexualización de su propio cuerpo bajo su punto de
vista, pues no neguemos lo evidente, la mujer es usuaria del sexo tanto como el
hombre y lo disfruta tanto como él, ergo debe crear su propia visión de la
pornografía existente, asumirla como propia, no desplazarla a un rincón oscuro
e intentar negar su existencia.

Judy Chicago, Red flat, 1971
Debe dejar de existir la prostitución esclavista,
pues es un abuso delictivo del cuerpo, ya sea femenino o masculino, pero la
pornografía y el sexo consentido entre adultos es una cuestión que debemos
asumir como propia de una sociedad del siglo XXI, donde cada uno con su cuerpo,
hace lo que quiere.